LOS ÁNGELES, 3 de noviembre.— El vuelo aterrizó según lo planeado. La hora local indicaba que eran las 13:15 del 1 de noviembre de 2013. Tras cerca de cuatro horas de vuelo desde la Ciudad de México, los pasajeros estaban ansiosos por bajar del avión y muchos de ellos se levantaron antes de tiempo para abrir las gavetas superiores y comenzar a bajar sus pertenencias.
De pronto, las sobrecargos trataron de calmar la prisa de muchos, tomaron el altavoz y pidieron que todos regresaran a sus lugares, ya que por motivos desconocidos, las autoridades de Los Ángeles habían cerrado el aeropuerto y no permitían el acceso de ningún vuelo.
Los rostros de incertidumbre se hicieron presentes y muchos comenzaron a especular. Los celulares empezaron a sonar y muchos pasajeros se enteraron por medio de algunos familiares que a las 9:30 de la mañana, hora local —justo cuando ese vuelo se encontraba a punto de despegar de la Ciudad de México— había acontecido un tiroteo en la Terminal 3 del Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, que dejó un muerto y siete heridos.
La información comenzó a esparciste entre los usuarios del vuelo 19 de Aeroméxico y muchos quisieron verificar la información en internet. A esa hora poco se sabía del incidente; sin embargo, horas después se supo que Paul Anthony Ciancia, de 23 años, alteró, según lo informado por autoridades aeroportuarias, mil 150 vuelos con cerca de 167 mil 50 pasajeros.
1,150 Vuelos
se vieron afectados por la balacera originada por Paul Anthony Ciancia, de 23 años
¿Historias? Había muchas en ese avión. Por ejemplo: la de un empresario chino que tenía que hacer una conexión en Los Ángeles tres horas después de su llegada prevista para volar a Hong Kong y cerrar un trato comercial, o qué decir de aquel estadunidense al que estaban esperando en el funeral de su madre.
También estaba una pareja de Michoacán que tenía que tomar otro vuelo para llegar a la boda de su hija en Texas. Otro pasajero tenía que llegar a su curso de maestría en Sicología que empezaba a las 19 horas, en la ciudad de Santa Mónica, sin embargo y debido al caos, todo indicaba que no llegaría a tiempo.
Después de 40 minutos de haber aterrizado y sin respuesta alguna, muchos padres se las ingeniaban con cuentos, canciones o sencillos juegos para distraer a los niños que, desesperados, comenzaron a llorar.
La angustia se apoderó de algunos y la resignación fue la respuesta de otros.
Dos helicópteros de la policía de Los Ángeles surcaban el área aeroportuaria, mientras que otros vuelos comerciales sobrevolaban la zona para esperar la señal que les dejara aterrizar.
Luego de tres horas y media de espera dentro del avión, un camión del aeropuerto llegó al lugar donde el vuelo se encontraba para llevar a los pasajeros a la zona de migración, en esa área el proceso duró más de una hora.
Cuando por fin se pudo salir del aeropuerto, la gente se enfrentó a otra realidad: un mar de gente sin rumbo fijo ni dirección que deambulaba de un lado a otro para obtener un taxi que le llevara a su destino final, ya que por medidas de seguridad, cerraron las zonas cercanas al aeropuerto y no se permitía el acceso a ningún automóvil particular.
En las distintas terminales se apreciaba la misma imagen de gente que esperaba salir. No obstante, la tranquilidad se había visto alterada y un pasajero podía tardar hasta una hora en poder subirse a un taxi angelino.